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¡Malditos
roedores!
Cayo MARTÍN
FRANCO
Hace un tiempo
que no me asomo por estas página, recluido en mi nuevo
convento de ácrata liberal (bendito Pindado),
a la espera de que las musas decidan darse una vuelta por Bezana,
me atornillen a la mesa de trabajo y muevan mis dedos cual marioneta
por el teclado del ordenador.
Ese ordenador que se dedica a amargarme
la vida con sus caprichos, dándome órdenes continuas
de reiniciar sistema, pidiéndome contraseña para
arrancar, obligándome a esperar porque está descargando
actualizaciones y poniendo la guinda con un “fallo
total del hardware con pérdida de todos los archivos del
hard disk de imposible recuperación”,
según el parte médico de mi informático.
En cristiano, que me he cargado el disco duro y he perdido el
trabajo de dos años en él grabado. Suele ocurrir,
según me cuentan, en un 10% de los discos duros y me aconsejan
comprar una memoria externa donde volcar los datos semanalmente.
Estoy empezando a echar de menos mi vieja Olimpia y mis archivadores
A-Z.
Pero como los males nunca vienen
solos, ahora resulta que soy archiconocido en el mundo mundial
y cada día recibo en mi correo electrónico veinte
o treinta e-mails desde todos los rincones del planeta haciéndome
proposiciones indecentes.
Hay unos tíos de Japón
(lo digo por el dominio .jp) que se empeñan en hacer de
mí un tahúr del Mississipi o del Pisuerga invitándome
a jugar en su Eurocasino y, por mi cara bonita, me regalan para
empezar 300 euros. Por más que les mando a la bandeja de
correo electrónico no deseado, los mendas reaparecen con
otro nombre y otro dominio y, vuelta la burra al trigo, siguen
insistiendo en garantizar mi jubilación haciendo saltar
la banca virtual. Aunque en esa extraña manía que
tienen en Internet de querer hacerme rico se llevan la palma los
correos que recibo de huérfanas de generales africanos
que han visto en mi careto el de una persona de confianza. Todo
muy top secret, quieren que me haga cargo de unos maletines llenos
de dólares que sacarán de su país por valija
diplomática. Claro que, para ello, he de adelantar un pequeño
dinero para untar a los diplomáticos y pagar gastos colaterales.
Ya metidos en harina, hay bancos
y cajas de ahorro, en los que no tengo cuenta alguna, que me piden
la contraseña, el DNI y el código secreto de la
tarjeta para “verificar
el buen funcionamiento” del sistema
informático.
En concursos llevo ganados dos
Mercedes que me han confirmado haber perdido por no haber avanzado
los eurucos de los “gastos
de gestión de entrega del premio”.
Pero el asunto que me tiene más
mosca es el de varias señoritas de nombres rusos, ingleses
y eslavos que pretenden “hacer
mi conocimiento” y se brindan a enviarme
fotos suyas ligeras de ropa. Voy a tener que pedir a Victor
Gijón que cambie mi foto, que este confidencial
se lee en todo el mundo y, ante tanta belleza del Adonis abajo
firmante, no es extraño que levante pasiones allende las
fronteras. Hasta me escriben en alemán, lengua que, apenas,
balbuceo. Mas, como hago caso omiso ante tales ofrecimientos y
no hago “conocimiento”
de las tordas en cuestión, han debido deducir que tengo
un problema en los bajos. Por ello, recibo ahora cientos de correos
ofreciéndome la pastillita azul de Viagra y otras similares
con las que me garantizan pasaré a la historia de Cantabria
por el fragor guerrero de mis conquistas muy por delante de Sultán
y Furaco.
Comprenderán mis lectores
el benedictino silencio de esta página y mi odio contra
esos hijos de Spam que inundan mi correo de basura. Me he quejado
a los muchachos del Consejero Francisco Martín
y me han dicho que ellos no gestionan ese tipo de residuos en
Medio Ambiente. No sé si resignarme o llamar a la movilización
general de los internautas contra este tipo de prácticas.
Por más que me blindo con programas anti-spam, anti-virus
y anti-todo, alguien conoce una puerta secreta de mi ordenador
por la que intentar colarme todo tipo de engaño cada vez
que abro mi correo con el puntero del ratón.
¡Malditos roedores! |