La nueva izquierda europea
Juan DIEGO GARCÍA
Las soluciones burguesas a la
actual crisis capitalista oscilan entre un vago “refundar
el capitalismo” de los europeos y
la cerrada oposición de los estadounidenses a introducir
cambios importantes en el modelo neoliberal vigente. En realidad,
las diferencias no son de momento muy profundas y dada la actual
correlación de fuerzas entre capital y trabajo no parece
realista esperar que los gobernantes de los países ricos
vayan a ir demasiado lejos en sus reformas. Lo más probable
es que acepten las propuestas de los grandes centros de poder
financiero, es decir, establecer tenues controles a la economía
conservando lo esencial del predominio del mercado. Hasta el
FMI, uno de los
principales responsables de la crisis, mantendrá su papel
tras un conveniente lavado de cara.
Por fortuna no todo el guión
se escribe en los grandes centros de poder y el malestar ciudadano
comienza a manifestarse de manera significativa. La protesta
obrera en Europa renace al calor de los despidos masivos y cierres
de empresas, el descenso del poder adquisitivo y sobre todo
las preocupantes perspectivas de futuro. A la calle salen indignados
los obreros de Alemania, Francia,
Italia y España, coincidiendo con grandes
huelgas estudiantiles, posiblemente como el preámbulo
de un agitado período de malestar social.
En este contexto debe destacarse
la consolidación de una nueva izquierda, particularmente
en Alemania y Francia.
En Alemania Die Linke
ya es una realidad no sólo como proyecto ideológico
sino como una fuerza política a tener en cuenta a nivel
federal. Este partido nace como resultado de la fusión
de antiguos comunistas y una importante escisión de la
socialdemocracia, dirigida por Oskar Lafontaine,
una destacada figura del SPD. En Francia, se trata de varias
iniciativas con bastantes probabilidades de consolidar un frente
de fuerzas sociales, sindicales y políticas opuestas
a un Partido Socialista irrelevante, alejado de sus posiciones
ideológicas y cada vez más dividido y enfrascado
en luchas intestinas intrascendentes; las propuestas su líder
más destacada, la señora Royal, coinciden en aspectos
sensibles con el programa de Sarkozy, igual
que ocurrió ayer con el Laborismo británico de
Blair o los programas de gobierno de Schröder,
ambos, versiones dulcificadas del neoliberalismo.
El próximo 29 de noviembre
tendrá lugar el Paris el lanzamiento del nuevo Partido
de Izquierda (PdG) encabezado por el senador Jean-Luc
Mélenchon, un histórico del socialismo
galo, acompañado de otros importantes ex dirigentes del
PS y de destacados sindicalistas. Su propósito es alcanzar
una alianza con el Partido Comunista y con el Nuevo Partido
Anticapitalista de Olivier Besancenot. Tanto
en Alemania como en Francia los más perjudicados son
sin duda los partidos socialdemócratas, el PS
y el SPD, ambos
en declive (también electoralmente) y ambos enfrentados
a nuevas fuerzas de izquierda en ascenso.
El PdG se define como internacionalista,
pacífico, europeo y solidario. Este ideario bien podría
interpretarse como una iniciativa política contraria
a las aventuras imperialistas de la OTAN en las que la derecha
tradicional y el mismo PS han embarcado a Francia (además
de las muy conocidas operaciones neo coloniales de Paris en
África). Por otra parte, y en relación a su programa
europeo, Mélenchon aboga por el…”Respeto
a la soberanía del pueblo, armonización de las
normas sociales europeas alineándolas con las mejores
que existen en cada país-y no con las peores- y planificación
ecológica” (Público,
Madrid, 14 de noviembre/08), una propuesta que se entiende mejor
si se recuerda cómo el gobierno de Sarkozy avanza en
el proyecto neoliberal desconociendo el amplio rechazo popular
a la llamada “constitución
europea”, precisamente por el abandono
de la idea de una Europa social y la instauración en
su lugar de la denominada “Europa
de los mercaderes”. Respetar entonces
la soberanía popular no es una simple consigna demagógica;
recoge una reivindicación muy sentida ante el secuestro
de las decisiones políticas por parte de una minoría
incontrolada de grandes grupos de capitalistas y la esterilidad
creciente de lo que se supone la expresión de la soberanía
popular: el voto.
Regresar a las mejores tradiciones
del socialismo europeo tampoco es una cuestión menor
ante la deriva ideológica y política de los partidos
socialdemócratas del Viejo Continente. La aguda crisis
del SPD alemán tiene sus raíces inmediatas en
las políticas del sr. Schröder, de tan marcado carácter
neoliberal. No es por azar que el partido pierda fuerza entre
el electorado maduro y crítico de la izquierda alemana.
¿Por qué tendrían que dar su voto al SPD
las clases trabajadoras si desde el poder este partido se convierte
en un simple administrador de los intereses del capitalismo
y abandona hasta sus fundamentos reformistas más exitosos?
En tal caso, mejor que gobierne directamente la derecha y asuma
así todas las consecuencias ante la ciudadanía.
Otro tanto puede decirse del
PS francés, sin norte ideológico y sin programa
social, convertido en una olla de grillos que consume sus mejores
energías en resolver divergencias internas de menor calado
y cuestiones secundarias de caudillismos y personalismos (al
menos para el afiliado y el votante que esperan otra cosa de
su partido ante una situación de profunda crisis como
la actual).
De momento el PdG es una posibilidad.
Habrá que ver hasta dónde llegan sus compromisos
ideológicos y su programa político para saber
si es realista una alianza con los comunistas y el llamado Nuevo
Partido Anticapitalista. Pero no cabe duda que esta vez se trata
de alternativas políticas con bases sociales suficientes
y perspectivas electorales nada desdeñables que cambiarán
el panorama político europeo de manera significativa.
Desde otra perspectiva, menos
inmediata, queda por saber qué recorrido tendrán
estas fuerzas de la nueva izquierda, en particular si se limitan
al rescate del ideario reformista del socialismo (completamente
abandonado por los partidos socialdemócratas) o si por
el contrario su propósito es superar el actual orden
social y dar nacimiento a otro radicalmente diferente (en la
línea del “otro
mundo posible y necesario” que proclaman
los movimientos sociales).
Si el rol de esta nueva izquierda
se limitara a un regreso a las formas clásicas del Estado
del Bienestar, es decir, si lo realmente posible ahora fuese
movilizar a la ciudadanía para obligar al capital a un
nuevo pacto social con el mundo del trabajo, no cabría
abrigar dudas sobre su importancia y necesidad. Para las mayorías
sociales sería de enorme beneficio propinar una derrota
importante al capitalismo neoliberal, al predominio incontestable
del mercado, a la economía de casino y al encumbramiento
social de capitalistas y políticos mafiosos y esperpénticos
que encarnan los peores vicios del sistema.
Ahora bien, podría ocurrir
que ese regreso a formas clásicas del Estado del Bienestar
(a ese capitalismo “con
rostro humano”) y la recuperación
de una cultura basada en el principio de la solidaridad social
(y no de la competencia) y el respeto al medio ambiente ocurra
ya no bajo la hegemonía de los propietarios del capital
-como hasta ahora- sino bajo el predominio de las fuerzas sociales
del trabajo. La cuestión será entonces si vale
la pena mantener el capitalismo (así sea “humanizado”)
o si por el contrario se alcanza un consenso social amplio y
claro que posibilite no ya la “refundación
del sistema” sino su desmantelamiento
definitivo y el nacimiento de una nueva civilización.
Marx se removerá gustoso desde su tumba.